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Esta es la historia de un hombre que graba todo lo que ocurre a su alrededor con una grabadora a pilas: navidades, años nuevos, cumpleaños, noticieros de tv, o de radio. Todo archivado en una pequeña azotea de una casa en Maipú, donde reposan los últimos treinta años de su historia y el mundo.

Todo en la casa de Héctor Ojeda (77), parece arrancado de su memoria: las fotos, las postales, su colección de vinilos; incluso los juguetes de sus hijas que ha preservado como reliquias en algún rincón del hogar. Una obsesión incansable por registrar el presente, que lo ha tenido los últimos treinta años almacenando más de setecientos casetes llenos de breves instantes que ha preferido perpetuar.

Es por eso que una tarde común en la vida de don Héctor, transcurre lenta desde su azotea –o secretaría, como le gusta llamarla-, transcribiendo a máquina todo lo que ha registrado en el último tiempo. “Ya tengo sesenta y cinco tomos con toda la historia familiar que he transcrito desde los casetes. Historia familiar, y también hechos importantes de la humanidad… este es mi trabajo. No es remunerado, pero es mi trabajo”, cuenta, con el mismo afán que despertó cuando a mediados de 1977, mientras buscaba una radio para escuchar las noticias y los partidos del domingo, se topó con una radio-reloj International, que como novedad tecnológica del año incorporaba una grabadora y un casete virgen de regalo. La compró.

“Entonces comencé a experimentar. A grabar. Lo primero que grabé fue un paseo que hicimos a Viña con mi esposa, y mis padres. Me acuerdo que iba en el bus y apretaba la tecla roja, y luego retrocedía y escuchábamos. Ahí se me ocurrió que podía grabar la historia familiar”. Ese fue el click. El encuentro de un hombre silente, de pocas palabras, con un aparato que le permitiría desde entonces, detener el tiempo cuando quisiera.

¿Qué fue lo último que ha grabado, don Héctor?

Lo último, un viaje a Valdivia que hice, mi ciudad natal. Y los accidentes que han sucedido, como la caída del avión Air France, y todo lo que ha pasado en Chile y el mundo con la gripe porcina. Pero en general estoy grabando todo el tiempo.

¿Por qué graba, don Héctor?

No sé la verdad, pero desde que me comencé a hacerlo que le di una importancia especial. Nunca pensé que iban a pasar treinta y dos años, y yo siguiera grabando. Pero aquí estoy. Quiero dejar registro hasta que parta pa´ arriba, o pa´ abajo. Donde me mande el señor.

¿Y qué hace con los casetes?

Los archivo. Los ordeno. Y los escucho. Generalmente los sábados en la tarde, con mi señora, elegimos algún casete y mientras hacemos las cosas, los escuchamos. Cómo no va a ser lindo a nuestra edad escuchar el llanto de los nietos cuando eran guaguas. O cumpleaños antiguos, o la voz de mi madre, cuando estaba viva. A veces hay cosas de las que no me puedo acordar, pero que sé que las tengo grabadas. Entonces voy a los libros con las transcripciones que he hecho: Memorias Familiares, como las he llamado, y ahí me ubico en el número del casete para escucharlo.

¿Qué cree que piensa la gente de sus casetes?

No sé. Como algo raro lo verán. Siempre ando en los cumpleaños, en los años nuevos, registrando todo lo que ahí pasa. Quizá por eso algunos no le toman mucho el peso a esto porque como siempre me han visto grabando, lo ven como algo normal.

¿Qué cree que va a pasar con sus casetes, don Héctor?

No me lo he preguntado mucho. Pero esto es prácticamente una herencia que les dejo a mis cinco hijas y a mis nietos. Ahí está toda la historia familiar. Sólo espero que entre ellas se los repartan, y escuchen a su papá, a su mamá, a ellas mismas cuando eran chiquititas, o a sus niños cuando nacieron. Que les sirva, yo se que es harto bulto, pero es un pedazo de historia así que ojalá lo cuiden.